Historia Copa Davis

La primera edición de la Copa Davis se disputó en 1900 entre Estados Unidos, que fue local, y Gran Bretaña.

Nació apenas como un desafío de unos cuantos jugadores norteamericanos buscando nuevas emociones. Y se transformo en todo un símbolo. Aquella primera edición, en 1900, le dejó un gusto amargo a los ingleses, que perdieron 3 a 0. En 1901 el trofeo no se disputó. Los norteamericanos volvieron a vencerlos nuevamente a los ingleses en 1902, esta vez jugando de visitantes. Comenzaría así un cuarto de siglo que robustecería la competencia en busca de la ex ponchera convertida en ensaladera: una pieza de plata de 32 centímetros de altura y 6,076 kilos de peso. Hasta 1926, en su vigésima sexta edición, el trofeo descansó en vitrinas norteamericanas en 9 ocasiones, en exhibidores de Australia 6 veces y en algún destacado de clubes en Inglaterra en 5 oportunidades.

Pero un día aparecieron cuatro caras nuevas y el mundo se sorprendió: los ingleses y norteamericanos se preocuparon y la Copa Davis aprendió un nuevo idioma: el francés. Como todo el mundo sabe, Los Tres Mosqueteros creados por Alejandro Dumas, eran cuatro: Atos, Portos, Aramis y D´Aragnan Así, mientras “Big” Bill Tilden y sus muchachos ganaban 5 veces consecutivas el trofeo para los norteamericanos (entre 1920 y 1926), los franceses Henry Cochet, Toto Brugnon, René Lacoste (Sí, el mismo de la famosa indumentaria del cocodrilo, su sobrenombre) y Jean Borotra crecían lenta pero seguramente hasta que en 1927 se produjo el crack: en el German Town Cricket Club de Filadelfia ganaron 4-1, haciendo realidad un sueño comenzado allá por 1904, cuando empezaron a competir por el trofeo. No fue sencillo, sino dramático: Lacoste le ganó a Johnstone y Tilden derrotó a Cochet el primer día; el segundo, Tilde y Hunter derrotaron a Borotra-Brugnon en dobles. Los franceses estaban obligados a lograr dos victorias el tercer día y las lograron: Lacoste se impuso a Tilde –considerado uno de los más grandes de la historia- y Cochet a Johnstone.

Empezaba así “La Revolución Francesa” del tenis, un ciclo brillante que se extendió hasta 1933, cuando apareció un inglés llamado Fred Perry. De nuevo fueron Estados Unidos y Gran Bretaña los países que se alternaron la posesión del trofeo (entre 1933 y 1949 la Copa estuvo 6 veces en Norteamérica y 4 en Inglaterra; entre 1940 y 1945 la Segunda Guerra Mundial canceló la competencia) hasta que la irrupción de Australia, en 1950, volvió a crear nuevas expectativas de la mano de  Harry Hopman, ex jugador, pero ante todo el formador de grandes campeones.

La brillante Australia se inicia ese año y durará casi 20 años: de 1950 hasta 1967 Australia gana 15 veces el trofeo y Estados Unidos solamente 3. El cerebro de ese ciclo, el más brillante que recuerda la Copa Davis, fue Harry Hopman “El Brujo” o “El Mago”, como lo a podaban acertadamente. Había sido finalista en los dobles mixtos de Wimbledon en 1930 y 1932, pero como jugador no llegó a tener muchos más méritos. Su obra consistirá en descubrir, hacer guiar a varias generaciones de campeones. Bajo su tutela nacen parejas inolvidables que solidifican el predominio australiano durante esa época. Sedgman-McGregor a comienzo de los ´50, seguido por los más destacados Hoad-Rosewall, Cooper-Anmderson, Fraser-Laver, Emerson-Stolle, hasta desembocar a fines de los ´60, comienzos de los ´70 en la dupla compuesta por Tony Roche y John Nwecombe. Cuando el profesionalismo le llevaba a uno de sus muchachos, “El Brujo”, mágicamente, “fabricaba” otro. Todo dura hasta que el viejo maestro también traduce en dólares sus invalorables enseñanzas y se muda a Estados Unidos para fundar la famosa academia de Porth Washington. A partir de ahí comenzará la crisis del tenis australiano que se prolonga hasta nuestros días (sólo interrumpida por los chispazos de Pat Cash).

Ya casi en la década del ´70, el tenis se había expandido por el mundo y había abierto sus puertas al profesionalismo. Esto hizo que fueran muchos los países por equipos capaces de intentar la hazaña de escribir su nombre en la Davis. Hasta esos días, entonces, se pueden marcar ciclos claramente determinados: el primero (desde la primera vez en 1900 hasta 1919) repartido entre Estados Unidos, Islas Británicas –Antecedente de Inglaterra del; ´20 al ´26, la hora de Estados Unidos; del ´27 al ´32, “La Revolución Francesa”; del ´50 al ´67, otra vez Australia, pero ahora sin Nueva Zelanda y con Hopman, por suerte para “los canguros”. Y así se llega a estás dos últimas décadas del tenis actual, multimillonario, rico en efectos, potencia y campeones precoces y muchas veces destacables. En los ´70 no se ve algún predominio claro de algún país en particular, sino que la Davis, como siempre, vuelve a reflejar lo que sucede en el circuito. Con un cambio fundamental, que sirve para valorizar mucho más cada conquista final: desde 1972 es abolido el “Challenger Round”, aquel sistema también utilizado en los orígenes de Wimbledon, por el cual el campeón de la última edición pasaba automáticamente a la final de la siguiente, sin participar de las ruedas clasificatorias.

En aquella primera final con el nuevo sistema, Estados Unidos vence 3-2 a Rumania en Bucarest. Es interesante ver como países sin una rica tradición en la Davis, empiezan a tomar protagonismo a partir del surgimiento de un jugador “top” en el circuito; así Rumania alcanzó la final en 1972 de la mano de Llie Nastase (secundado por Lon Tiriac, más tarde coach de Vilas). En 1974 la India no se presenta a jugar la final, liderada por Vijay Amritraj, debido a que del otro lado estaba Sudáfrica y su política de apartheid. En 1975 Suecia gana por primera vez la Copa aprovechando los buenos oficios de un jovencito rubio que hará historia: Bjorn Borg (en la final venció a la Checoslovaquia conducida por Jan Kodes por 3-2 en Estocolmo). Un año más tarde es Italia quien aprovecha a otro de los “top-ten”, Adriano Panatta, y festeja por primera vez. En el ´78 Estados Unidos vuelve a la final (y la gana 4-1 frente a Inglaterra) después de aquel triunfo del ´72, gracias a otro jovencito que hará historia: John McEnroe; Big Mc lideró el equipo que triunfó en el ´79, ´81 y ´82. En el ´80 fue el turno de Checoslovaquia de la mano de otro jugador en pleno ascenso, Iván Lendl. En el ´83 comienza la hora sueca pos Borg, liderados por Mats Wilander, primero, y por Estefan Edberg después: aquella vez perdieron la final contra Australia (que revivió el pasado glorioso gracias a un incipiente Pat Cash), pero de ahí en más no dejaron de estar en ninguna de las finales hasta 1989, entablando un duelo con la Alemania federal de Becker. Los nórdicos ganaron la Copa en 1984 (a Estados Unidos por 4-1) y en 1985 a los alemanes; en el ´86 otra vez ante Australia; un año después vencieron 5-0 a India y perdieron dos veces consecutivas contra Becker y los suyos, en el ´88 y ´89.

Conclusión de los ´70 en adelante, todos los países “no tradicionales” en el mundo del tenis han aprovechado a “su” jugador (un top-ten en ese período) para conquistar la Davis (casi siempre por primera vez); Suecia a Borg en el ´75; Italia a Panatta en el ´76; Checoslovaquia a Lendl en el ´80; Australia a Cash en el ´83 y en el ´86; Suecia a Wilander y Edberg en el ´84, ´85 y ´87. (Por no contar los triunfos de McEnroe y compañía. Teniendo en cuenta la rica historia de los Estados Unidos). Lo cierto es que sólo Argentina, en esta etapa del tenis moderno, se dio “el gusto” (amargo) de desaprovechar no sólo a uno (Guillermo Vilas en 1977 se perdió la semifinal contra Australia en Buenos Aires) sino a dos (Guillermo Vilas y José Luis Clerc, primero en el ´80, semifinal contra Checoslovaquia, el año de la famosa solictidada, la final era un partido muy ganable frente a Italia; después en el ´81, la única final alcanzada, a un game de la gloria en el dobles) jugadores integrantes de la exclusiva elite de los top-ten. (El otro caso seria el de Francia en el ´82, pese a un muy buen Noah y un ascendente Leconte). Pero lo de Argentina merece repasarse más en detalle.

Hasta aquí los otros, lo que ya está para siempre en la historia del tenis por haber inscripto, aunque sea una vez, su nombre en la tan presenciada ponchera. (No, de ninguna manera hubiese prosperado con ese nombre: “La ponchera Davis”, ni siquiera con el de “La Ensaladera Davis”, por eso siempre deportivo y ortodoxo: “La Copa…). Y como la historia es mucho más grande que su superficie, en 1934 se le agregó una base donde se anotaron los ganadores hasta 1968; en 1969 se le agregó otra base, esta vez de madera, a un costo de 1.900 dólares con capacidad para grabar ganadores hasta el año 2000. Todos, absolutamente todos los protagonistas de un deporte tan “yo” y “súper yo” como el tenis, desean convertirse en un equipo, en “nosotros” (primera persona, pero del plural) para terminar emborrachándose de gloria con las 37 botellas de champagne que es capaz de albergar esa ponchera que un tal Davis un día le regaló a su abuela y otro día se la quitó para donarla como trofeo.